¿Nos negamos a aprender?

Un 24 de marzo de 2017 recordando el 24 de marzo de 1976... Dos actos escolares... Dos miradas... Dos errores...
En plena plaza central de La Cumbre, una ciudad enclavada en las sierras de Córdoba, un grupo de maestros preparó un acto escolar. En él se representa un simulacro de fusilamiento a militantes políticos, sociales o sindicales por parte de miembros de las fuerzas armadas y de seguridad durante la última Dictadura en Argentina. Los que actúan chicos que no pasan los 12 años. Los espectadores chicos que no pasan los 17 años...
Al mismo tiempo en una escuela del barrio de La Boca, allí en el barrio Catalinas, en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, una docente encargada de preparar el acto conmemorativo exhibe un video que presenta a los militares que realizaron el golpe de Estado como "héroes", esconde la peor expresión del Terrorismo de Estado de la historia argentina con miles de desaparecidos y muertos y soslaya las probadas judicialmente violaciones a los derechos humanos en nuestro país durante esos años... Los espectadores chicos que no pasan de los 14 años...
Un acto escolar también es un momento de aprendizaje. Así parecen "mal entenderlo" en ambas situaciones los docentes... Entonces, ¿qué es lo importante de esta fecha para que los chicos aprendan? Acá me viene a la mente algo que escuché hace unos años: "La escuela debe tomar partido entre el bien y el mal. Debemos (me tomo el atrevimiento de agregar "necesitamos") enseñar la diferencia entre el bien y el mal..." 
¿Qué nos pasó en estos 33 años desde la recuperación de la Democracia? ¿Qué hicimos mal? ¿En qué nos equivocamos tanto para llegar a esto?
Para no aburrir intentaré abocarme sólo a dos cuestiones de las varias que me llamaron la atención de toda esta mala anécdota. Primera cosa notable: en los dos casos se minimiza el sentimiento de dolor. Ese "sentimiento de pena y congoja" (acepción de la RAE) que nos define precisamente como humanos. El dolor de todos: de los que lo sufrieron, de los que lo sufren hoy. Peor todavía: podríamos decir que en ambos actos, por momentos, se plantea la premisa de que el dolor es sólo propio y no de otros. "El dolor es mío y sólo mío". "El otro no tiene dolor". El otro ¿no es humano?
Por otro lado, es notable que en los dos no se dude, ni por un instante, de la propia mirada. ¿Qué aprendemos si no dudamos sobre los relatos? ¿No es necesario dudar para aprender? ¿Cómo sociedad aprendemos o nos resistimos a aprender? ¿Dudamos de lo que hay que dudar? Y juntándolo con el punto anterior ¿Por qué nos cuesta convertir en aprendizaje hechos dolorosos de nuestro pasado?
Muchas preguntas sin respuesta... Algo que me molesta muchísimo menos que los relatos cerrados como esos que se mostraron en ambos actos escolares... Por ahí, la falta de respuesta nos movilice a aprender... 
Para finalizar una cosa que me moviliza en mi íntima convicción: en la construcción de la memoria, los adultos no tenemos ningún derecho a transferir nuestros desaciertos y nuestras frustraciones personales o colectivas a las nuevas generaciones, a los más jóvenes. Así no construiremos Memoria, ni estaremos buscando Verdad, ni exigiendo Justicia... Sólo estaremos comprometiendo nuestro presente y envenenando el futuro, que en definitiva, tampoco nos pertenece...

Por si les interesa para seguir pensando, acá los videos...


Video del acto en La Cumbre
Video del acto en la escuela de la Boca

Comentarios

  1. Es muy cierto lo que decís, y muy acertada tu opinión.Escucho gente decir "fueron 30000" como una verdad sagrada, como si el número importara

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  2. Lo leí hace unos días y vuelvo a leerlo. Realmente lo que me toca hondo y duele, es precisamente esa "desafectación" al dolor del otro; me duele que mi dolor no te duela. Muchos hablan de empatía como camino a poder sentir lo que el otro siente. La empatía se me presenta como una imágenes más cerebral, como el intento y esfuerzo por sentir al otro. Prefiero y elijo el camino de la resonancia que, ese eco que sentimos en nosotros con y por la voz, el ser, del otro.
    Memoria. Claro que sí. La resonancia hace presente la memoria y tiene la bendición de actualizar la experiencia ahora, acá, aquí, sin importar calendarios.
    Y qué bello sería que los niños, jóvenes, aprendan a escuchar sus resonancias, porque más allá de todo, estarían aprendiendo a ser genuinos con ellos mismos...Y eso ya es un regalo para la evolución.
    Un inmenso abrazo!

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